Tempus Fugit

Cuando visité a mi tía Carmela en su piso de A Coruña, siendo todavía un niño de 8 años, me llamó mucho la atención el reloj de caja alta que tenía en el salón.

Era de estilo inglés, muy estilizado, con una esfera dorada con el disco de los números en plateado, todo muy bien elaborado, pero lo que verdaderamente me atrajo fueron aquellas dos palabras grabadas encima de los números de las horas, “TEMPUS FUGIT”.

 

Algún tiempo después me enteraría que significa “el tiempo se escapa”. Algo que me inquieta desde entonces.

A partir de ese momento, he cogido la costumbre, o la manía, de fijarme en todos los relojes que alcanza mi vista. Este hábito me llevó a identificar ciertas particularidades. Por ejemplo, el extraño número 4 de la indicación hora en el sistema romano en las esferas de muchos relojes, los diversos sistemas de enganche de las pulseras, que tradicionalmente la caja de un reloj de pulsera se divide en bisel, carrura y fondo. Pero lo que verdaderamente me iluminó el entendimiento es el saber diferenciar las características del reloj de pila y del mecánico.

Desde este último descubrimiento, he visto mucho más atractivos los relojes por lo que contienen que por su aspecto exterior.

Me he convertido en un aficionado de la relojería mecánica y un gran admirador de la inefable belleza de la micro mecánica, que en la relojería suiza se ha elevado en grado superlativo.

Recuerdo como de niño me enseñaba mi padre el reloj de bolsillo que fuera de mi abuelo. Un reloj fabricado en EE.UU. y comprado en Cuba, que tenía una máquina increíble. Aquellos brillos acerados o plateados de los puentes, los grabados perfectamente ejecutados, las ruedas de latón con sus dientes perfectos, la extraña rueda de acero a la que llaman de “escape”, el “áncora oscilante” y el permanentemente “volante bimetálico” con su “espiral” que corre endiabladamente, día a día sin parar y sin descanso.

Ese reloj, que conservo yo, después de 110 años de existencia, sigue funcionando perfectamente. ¡Una maravilla!

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Confieso que todos esos descubrimientos me fascinaron y posteriormente he descubierto más cosas.

Los “volantes” ya no son bimetálicos, si no de modernas aleaciones fundamentalmente con hierro, níquel, cromo y muy bajo en carbono. O los actuales que llevan un alto contenido de silicio. Con este último material, cuya característica es la de ofrecer una alta resistencia a los cambios de temperatura y al desgaste, también se construyen otras piezas.

He descubierto que la belleza que aportan los centros de rubís no es un capricho estético. Fue elegido como el mejor material para ajustar las piezas móviles por su gran dureza al desgaste y por su imperceptible resistencia a la fricción.

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Hoy me declarado admirador, que disfruto enormemente con cada reloj que cae en mis manos.

Como ya dije antes, me encantan los mecánicos, ya sean de cuerda manual o automáticos. Aunque, es cierto que tengo que elegir, me decanto por la indudable belleza de una máquina automática de un buen reloj. Me apasiona la perfección con que están construidos estos aparatos. La belleza de sus órganos internos, el contraste entre los metales, el rojo intenso de los centros de rubí (o del azul de los zafiros que también los hay) y la enorme velocidad que alcanza el volante en su trabajo diario.

Alguien me dijo que tenía que hacer arrancada y parada desde 18.000 a 36.000 veces por hora, equivalente a la velocidad que alcanza un tren entre estaciones.

La precisión con que marcan la hora en términos científicos de porcentaje de éxito, habría que calificarlo por encima del 99,9999 %. Verdaderamente es todo un alarde del saber hacer de la industria relojera.

Para un amante de la relojería, no hay nada como un buen reloj mecánico de remontaje de cuerda automático, que además son un fiel reflejo de la incorporación, de innumerables avances de los artífices relojeros. Cada pieza recoge en su interior la experiencia de siglos de dedicación, científica y profesional, al montaje artesanal de estos sorprendentes mecanismos. Las muchas horas de trabajo paciente y silencioso de los grandes maestros relojeros, son las que hacen posible que estos misteriosos objetos cobren vida para recordarnos, segundo a segundo, que el tiempo pasa, sin prisa pero sin pausa. “TEMPUS FUGIT”

 

Noche y día sin parar,

tu agitación misteriosa

un momento no reposa

ni deja de reposar.11986357_1627040857579461_7480295593027935989_n

¿Cómo no he de reparar

tu continua pulsación,

o cómo a la distracción

lugar alguno le queda,

si los dientes de tu rueda

me muerden el corazón?

Fuerza es que siempre constante

nunca el curso un reloj pierda,

donde es la reflexión cuerda

y el pensamiento volante.

Del

P. Benito Feijoo y Montenegro, 1764

 

 

ALFONSO JOYEROS – Santiago de Compostela